La cucharilla

11 de febrero de 20263 min de lectura

La cucharilla

Mi hijo Darío juega al fútbol. Tiene la claridad que da no haber aprendido todavía a disimular. Cuando habla de compañeros o rivales, usa una expresión que me parece perfecta: "ese tiene una peli..." Significa que el chaval va por ahí con un rollo en la cabeza —historias, excusas, fantasías sobre sí mismo— pero que no trabaja. Que hay mucho ruido y poca materia. Darío lo detecta en segundos. No necesita un framework de evaluación del desempeño.

He leído una entrevista a Guido Tonelli, el físico italiano que participó en el descubrimiento del bosón de Higgs en el CERN. Tonelli dice algo que no he podido quitarme de la cabeza:

"Estamos hechos sobre todo de vacío. Si nos compactaran, cabríamos en una cucharilla."

Habla de física. De átomos. De la realidad literal de la materia. Pero la imagen funciona como una bofetada de humildad: te crees mucho, ocupas mucho espacio, pero si te compactan —si te quitan todo lo que no es sustancia— cabes en una cucharilla.

La peli corporativa

Las organizaciones están llenas de vacío. Lo llamamos de otras formas: procesos, gobernanza, alineamiento. Pero una parte significativa de lo que ocurre en una empresa no es materia. Es peli.

El manager que no toca el material pero tiene opinión sobre todo. La cadena de aprobación que existe para justificar a quienes aprueban. El directivo que necesita un asistente para gestionar su agenda de reuniones con otros directivos. El "tiene que pasar por X" donde nadie recuerda por qué existe X.

Si compactáramos una organización —si le quitáramos todo el vacío— ¿cuánto quedaría?

Hay un caso especialmente sangrante: personas que dirigen compañías tecnológicas sin entender la tecnología. Que llegaron ahí gestionando personas, presupuestos, narrativas. Que no entienden cómo funciona lo que sus equipos construyen, que nunca han tocado el material sobre el que deciden, pero que ocupan un espacio enorme en el organigrama. Compactadas, caben en una cucharilla. Y ni siquiera la llenan.

El compactador

La tecnología lleva décadas comprimiendo vacío. Internet eliminó intermediarios que vivían de controlar el acceso a la información. El software de gestión eliminó capas enteras de coordinación manual. Cada ola tecnológica aprieta la materia y deja al descubierto cuánto de lo que había era aire.

Ahora los modelos de lenguaje están comprimiendo otra capa. Cuando cualquier persona puede analizar datos, redactar, investigar, programar un prototipo —el espacio entre quien decide y el material se estrecha. Y quienes vivían en ese espacio intermedio, cuyo trabajo consistía en tramitar, en trasladar, en "gestionar" sin tocar nada, se quedan sin sitio.

No es que la tecnología destruya empleos. Es que destruye vacío. Y resulta que algunos empleos eran sobre todo vacío.

Tener materia

Darío no ha leído a Tonelli. Pero dice lo mismo con otras palabras. En un vestuario de fútbol, la diferencia entre el que tiene peli y el que trabaja se ve en la primera semana. No hay dónde esconderse. El balón no entiende de narrativas.

En las organizaciones hemos construido muchos sitios donde esconderse. Capas, títulos, jerga, procesos. Pero el compactador se acerca. Y la pregunta no es si tu puesto sobrevivirá a la IA. La pregunta es más incómoda: si te compactaran —si te quitaran el título, el asistente, las reuniones, los procesos que alimentas— ¿cuánta materia quedaría?

¿Cabrías en una cucharilla?

2026 © Íñigo Medina