Romper tablillas
Escucho mucho últimamente una preocupación que se repite en conversaciones sobre inteligencia artificial: "estamos quemando demasiados tokens". Demasiado output, poco outcome. Demasiada interacción para tan poco resultado medible. La queja suele venir acompañada de una exigencia implícita: cada prompt debería producir algo aprovechable, cada sesión con un modelo de lenguaje debería justificar su coste.
Es una preocupación razonable en apariencia, pero esconde un malentendido profundo sobre cómo se aprende a habitar un medio nuevo.
Tablillas rotas
Carta de Octavio a Cándido sobre el suministro de trigo, pieles y tendones
En las escuelas de escribas de la antigua Sumeria, los aprendices pasaban años escribiendo sobre tablillas de arcilla húmeda. Copiaban listas de palabras, nombres de dioses, inventarios de ganado. Las tablillas se rompían, se reciclaban, se descartaban. Miles de ellas. Sabemos que eran ejercicios de aprendizaje precisamente porque están llenas de errores, de repeticiones, de trazos que van ganando firmeza a medida que avanzan por la superficie.
Nadie habría mirado a un joven escriba y le habría dicho: "llevas veinte tablillas y todavía no has producido un documento administrativo útil". Porque la finalidad de esas tablillas no era el documento. Era el escriba. El material se rompía para que la persona se formara.
Lo mismo ocurrió después con cada soporte que vino. Papiros de práctica en Egipto, donde los aprendices copiaban textos literarios una y otra vez hasta interiorizar no solo la caligrafía sino la estructura del pensamiento escrito. Pergaminos hechos de piel de oveja, un material costoso que sin embargo se empleaba generosamente en la formación de copistas medievales, porque sin esa práctica repetida no había forma de desarrollar la mano ni el ojo que distingue un texto bien compuesto de uno mediocre.
En todos los casos el patrón es el mismo: familiarizarse con un medio requiere lo que desde fuera parece desperdicio, pero que desde dentro es formación. No se puede llegar al juicio sin pasar por la repetición. No se puede desarrollar sensibilidad hacia un material sin haberlo tocado muchas veces sin propósito aparente.
El óstrakon
Entre todos los soportes antiguos de escritura, hay uno que me resulta especialmente revelador: el óstrakon. Un fragmento de cerámica rota —un trozo de vasija que ya no servía para nada— sobre el que se escribía. Los óstraka se usaban en la Atenas clásica para todo tipo de anotaciones menores: recibos, notas, ejercicios escolares. El soporte más humilde que se pueda imaginar.
Óstraco que contiene el nombre de Temístocles
Pero ese mismo soporte humilde servía también para el acto político más severo de la democracia ateniense. Cuando la asamblea decidía que alguien representaba un peligro para la ciudad, cada ciudadano escribía un nombre sobre un fragmento de cerámica. Si se acumulaban suficientes votos, esa persona era desterrada durante diez años. De óstrakon viene nuestra palabra ostracismo: la expulsión decidida sobre un trozo de barro roto.
La imagen tiene una fuerza que merece detenerse en ella. Lo aparentemente desechable —un pedazo de cerámica que no vale nada— carga con la decisión más significativa: quién se queda y quién se va.
El nuevo ostracismo
Cada vez que aparece un medio nuevo de pensar, de hacer o de decidir, aparece también una forma nueva de ostracismo. No siempre explícita, no siempre formalizada, pero real. Quienes no se familiarizan con el medio corren el riesgo de quedarse fuera de las conversaciones que importan, de las decisiones que cuentan, de los espacios donde se construye lo siguiente.
Con los modelos de lenguaje hay mucho ruido alrededor de esto. Titulares sobre profesiones que desaparecen, predicciones sobre quién sobra y quién no, una ansiedad difusa que empuja a usar la tecnología pero sin saber bien para qué ni cómo. Y aquí es donde las dos ansiedades se alimentan mutuamente de una forma que merece atención: el miedo a quedar fuera te empuja a interactuar con el modelo, pero la obsesión por no desperdiciar —por que cada token cuente, por que cada sesión produzca un resultado tangible— te impide hacer lo único que te permitiría desarrollar criterio: practicar sin la presión del resultado inmediato.
Es una paradoja que se repite en la historia de cualquier medio. La prisa por no ser excluido impide el proceso lento y aparentemente improductivo que es precisamente el que te incluye de verdad. Contar tokens es como contar tablillas rotas: técnicamente correcto, estratégicamente ciego.
Educar la sensibilidad

He visto este mismo patrón muchas veces fuera del ámbito de la IA, en algo tan básico como fomentar que un equipo de producto hable con sus clientes. Escuchar de verdad, preguntar sin guion cerrado, pedir feedback abierto. La reacción suele ser la misma: ¿y esto para qué sirve? ¿Qué sale de aquí? ¿Cuál es el entregable?
No sale un entregable. Sale algo más difícil de medir y más valioso: una sensibilidad hacia el problema que no se puede adquirir de otra manera. Quien ha escuchado a cincuenta clientes no tiene cincuenta informes; tiene un oído formado, una capacidad de detectar lo que importa entre el ruido que ningún resumen ejecutivo puede sustituir. Pero esa capacidad solo se construye pasando por las conversaciones que parecen no llevar a ningún sitio, por las sesiones de feedback donde no se extrae ningún dato limpio, por el contacto repetido con un material —las personas, sus contextos, sus frustraciones— que no se deja reducir a métricas inmediatas.
La práctica que forma el criterio rara vez parece productiva mientras ocurre. Eso es precisamente lo que la hace vulnerable: es fácil recortarla, es fácil pedir que se justifique, es fácil sustituirla por algo que produzca un número. Y sin embargo, sin ella no hay juicio. Solo hay procedimiento.
Habitar, no usar
Hay algo más de fondo que conviene nombrar, aunque sea para dejarlo abierto. Tendemos a pensar en los LLMs como herramientas: algo que cogemos, usamos y dejamos. Pero la investigación sobre cómo nos relacionamos con la tecnología lleva tiempo sugiriéndonos otra cosa. No somos seres que usan medios; somos, en buena medida, seres que se forman con los medios que usan. El soporte no es neutro. El medio en el que piensas configura cómo piensas.
El escriba sumerio no "usaba" la arcilla. Se hacía escriba con la arcilla, a través de la arcilla. Su sensibilidad para la lengua, su capacidad de organizar información, su percepción del espacio en una superficie —todo eso se formaba en el contacto repetido con el material. Lo mismo puede decirse del tipógrafo con los tipos móviles, del programador con el terminal, del diseñador con el lienzo digital.
Cuando alguien interactúa intensamente con un modelo de lenguaje —probando, errando, reformulando, descubriendo los límites de lo que el modelo puede y no puede hacer— no está desperdiciando tokens. Está formando una sensibilidad nueva. Está desarrollando un juicio que no existía antes y que no puede adquirirse leyendo un manual o siguiendo un curso de cinco pasos. Está habitando un medio, no usando una herramienta.
Las tablillas que importan
El problema nunca ha sido el coste del material de práctica. El problema siempre ha sido confundir la práctica con el desperdicio, y la producción con el aprendizaje. Los escribas sumerios necesitaban romper tablillas. Los copistas medievales necesitaban gastar pergamino. Nosotros necesitamos quemar tokens.
No todos, no sin sentido, no como excusa para la pereza intelectual. Pero sí con la conciencia de que la familiaridad con un medio nuevo no se alcanza optimizando cada interacción, sino permitiéndose el tipo de exploración desordenada, repetitiva y aparentemente improductiva en la que se forma el criterio que luego permite distinguir lo que vale de lo que no.
La próxima vez que alguien se preocupe por los tokens que se queman, quizá merezca la pena preguntarse qué se está formando en ese proceso. Porque lo que parece un trozo de cerámica rota —inútil, descartable— puede ser exactamente lo que decide quién se queda dentro y quién se queda fuera.