Máscaras
Álvaro de Campos y el dominó equivocado: nos reconocen por quien no somos, no lo desmentimos, y un día la máscara ya está pegada a la cara.
Hay un fracaso que no consiste en no llegar, sino en haber llegado disfrazado. Empieza con un descuido, casi con una cortesía: alguien nos toma por quien no somos y no lo desmentimos, porque desmentirlo sería incómodo y porque, por un momento, resulta halagador.
Álvaro de Campos —uno de los heterónimos de Pessoa— lo cuenta mejor.
Fiz de mim o que não soube, E o que podia fazer de mim não o fiz. O dominó que vesti era errado. Conheceram-me logo por quem não era e não desmenti, e perdi-me. Quando quis tirar a máscara, Estava pegada à cara. Quando a tirei e me vi ao espelho, Já tinha envelhecido. Estava bêbado, já não sabia vestir o dominó que não tinha tirado. Deitei fora a máscara e dormi no vestiário Como um cão tolerado pela gerência Por ser inofensivo E vou escrever esta história para provar que sou sublime.
Fernando Pessoa (Álvaro de Campos), Tabacaria
El remate es lo mejor del fragmento, y es lo que impide leerlo como una queja. Después de la máscara pegada, del espejo, de la vejez y del vestuario, viene la última máscara: escribiré la historia de mi fracaso para demostrar que soy sublime.
No hay salida limpia. La confesión también es un disfraz.